En una mesa pequeña de madera, donde apenas caben dos platos de postre, reposan dos capuchinos -uno, recién sorbido-, un par de vasos de agua y una tartaleta de limón y merengue. La que falta -eran dos- vuela con mano firme a la boca decorada de carmín granate de su acompañante de melena caoba. Mientras el camarero servía el menú, él, enfundado en un traje de lino claro, se había distraído observando a una pareja joven sentada al otro lado de la calle, en la terraza de otro de aquellos locales para turistas.

—¡Está buenísima! —dice ella mientras mastica orgásmicamente, sorprendiéndose a su vez de que se le paseen migas de pasta de mantequilla por encima de su vestido verde lima, pese a haber comido el postre con tan poco cuidado que era casi inevitable que sucediera.

Él sonríe. Devuelve su mirada pensativa a la mesa sin dejar de hacerlo y la clava directamente en el café, aún conectado a lo que acaba de presenciar. Saborea aquella visión.

—Pensaba que te reías de mí, pero ni siquiera me has mirado. ¿Estás bien? ¿Qué es esa sonrisita pícara, pensador mío?
—La he visto. Por fin. —le responde mirándola profundamente a los ojos con las pupilas dilatadas y los dientes alegres entre sus labios finos, mientras sujeta por el borde el tazón del capuchino caliente.
—¿De verdad? —le dice ella emocionada, como si supiera de qué habla— ¿A quién? —remata cargada de dudas.
—A nadie, querida, a nadie. Lo que he visto es la felicidad absoluta.
—Créeme, tienes un pedazo de felicidad absoluta en ese plato, lista para saborearla.

Hace una pausa de pensador mientras mira la tartaleta como si esta le fuera a dar una réplica, como diciendo «sí, no te miente». Pero la comida no habla y él se ve obligado a responder a su acompañante:

—No es eso —dice fascinado—. Es algo más allá del placer. Algo que va todavía más allá de la alegría máxima. Algo que no es explosivo ni momentáneo. La paz después de la paz.
—Joder. Se pasa de bonito, ¿no? ¿Dónde has visto eso? —mira curiosa hacia el otro lado de la calle, pero no acierta el objetivo.
—Justo detrás de ti, pero en el local de enfrente. Un chico con la camisa a rayas gruesas, rojas y verdes, que nos da la espalda. Moreno, de pelo rizado y corto. Todo el rato gesticula, no para de hablar. Al otro lado, ella: rubia, de piel clara, con una blusa de color cereza pálido. Tiene la cabeza apoyada sobre las manos y le mira sin decir nada. Le mira todo el rato. Ahí es.
—Ah, sí, la veo. Pero…
—¡Shhh! Obsérvales con atención, lo entenderás enseguida; no hace falta que seas discreta, porque no te van a ver. Están en realidades alternativas al mundo que parecen habitar y, entre ellos, en universos paralelos. Fíjate bien. Él, aunque parece un tipo fornido, es pequeño e insignificante, solo puede verse y oírse a sí mismo, regocijándose en su propio discurso. Ella, en cambio, ha visto a un dios lejano acercarse a su modesta presencia de polluela asomando al cascarón del huevo. Mira con los ojos abiertos, dejándose impregnar de un conocimiento nuevo que cree que le proporciona él, pero no. Está abriéndose al amor. Y se está abriendo tanto, que se ha metido en otra cosa, algo mucho más profundo. Ahí reposa, como ves, con los ojos asentados en una paz abrumadora. Se le escapa un suspiro y mi piel, mira, erizada por completo como si la hubiera acariciado esa brisa tierna venida de otro mundo a través de esa boquita de niña inocente. Esa chica, ahora mismo, no necesita nada más. Tiene los mismos problemas de siempre, las mismas deudas o quejas, quizá sepa que él no es el adecuado, pero ahora transita una realidad mejor. Me alegro tanto por ella… No es fácil ese viaje, pensé que no lo vería nunca en otro humano; no se trata de enamorarse como solemos entenderlo. Ir más allá puede que no te pase nunca y, sin embargo, ella está ahí, es evidente. A un camarero le cayeron unos cubiertos justo al lado; armó un escándalo tal, que todo el mundo se giró a verlo, incluso el chico rallado que la acompaña; en cambio, ella ni se inmutó. Y nadie se da cuenta, entre los miles que estamos aquí o transitan este espacio, excepto nosotros y una pareja que pasó antes por delante de su mesa. El chico, bajito, se quedó mirándola un instante, como si tropezara con ella, y vi cómo le daba explicaciones a una chica risueña que le acompañaba, pero que había pasado de largo. Estoy convencido de que hablaba de eso, se le notaba tan sorprendido como a mí. Es un espectáculo precioso. Una rareza en este mundo de felicidades explosivas, ¿no te parece?

Su pelirroja preferida se ha quedado atrapada en la escena, grapada a ella con una mirada tierna intensa. Puede que haga rato que no le escucha. Él sonríe de nuevo, satisfecho, como aquel que cumple su misión en el debido momento. Mira a su compañera, que tiene unas minúsculas miguitas en la comisura de la boca, y se regodea en lo sexy que le parece cuando conecta con su lado sensible, ella que no lo es tanto. La disfruta un rato en silencio, relajado, sin perder de vista también a la otra chica, la de la mirada infinita, mientras sorbe a poquitos su café sabor a fuego. Al tiempo, ella vuelve, medio avergonzada, porque aterriza pensativa mientras él la mira pícaramente. Él sonríe fuerte, se le acerca mirándola a los ojos y le besa los restos de tartaleta.

 

A Eva G. que flota a l’espai com la mirada perfecta que vam vore junts a Roma.
– Eqhes DaBit –
– 29, julio, 2022 –
– La Ràpita (España) –